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LA SENDA DE LA TRAICION- Salvador Velilla Córdoba

Entre la fábula y la historia

La Senda de la Traición es un camino, un viejo camino, cuya existencia en la memoria de las gentes cuelga de dos pilares contrapuestos y a la vez complementarios: por una parte la documentación histórica, conservada en archivos y por otra parte la fábula, la tradición oral, el cuento. La realidad es que a comienzos del siglo XXI, gentes entradas en años de Rioja alavesa y de la Sonsierra recuerdan y hablan de la Senda de la Traición, como algo legado por sus mayores y envuelto en historias y leyendas…., un camino que existió y que se usó hace muchísimos años y que, al decir de unos y otros, tenía la particularidad de no pasar por ningún pueblo, resultando difícil su identificación y localización.

  Senda_1.jpgUnos vecinos de Elciego nos dicen que la Senda de la Traición no pasaba por ninguno de los pueblos de Rioja alavesa y  que, siguiéndola, en una noche se iba desde la villa de Elciego hasta Francia. Ambrosio Larrea, vecino de Samaniego, nacido a principios del siglo XX y carretero en sus años jóvenes, nos contaba que había conocido la Senda la Traicionera, camino de herradura que cruzaba por encima de Villabuena e iba a San Vicente de la Sonsierra, siendo usado por aquellos que no querían pagar tributos ni sisas. Ildefonso V. Tojal, de San Vicente de la Sonsierra, ha dejado escrito que la Senda de la Traición fue el camino que siguieron los remisionados de San Vicente, por aquel entonces villa del reino de Navarra. Miguel Ballesteros, en el libro que escribió sobre Laguardia a finales del siglo XIX, escribía: “Después de quinientos seis años, aún continúa llamándose la  Senda de la Traición… a la senda que seguían las tropas navarras desde el que desembocaba en Assa ( y aun ahora ) viniendo de Estella, los Arcos y Viana para atravesar toda la Sosierra por cerca del Ebro hasta San Vicente. En aquella época, y hasta la mitad del siglo XVIII, estaban esos sitios cubiertos de romeros y de espesos encinales: hoy es una senda estrecha, tortuosa é interrumpida, á causa de haberse cultivado aquellos campos, en toda su extensión de viñas y olivares.”

González de Salazar, en su Cuaderno de Toponimia sobre Rioja alavesa, ha recogido este topónimo en la jurisdicción de Laguardia: “Camino la traición”, situándolo al oeste de El Cerro de la Horca, no lejos del término conocido como la Media Legua.

Y es que el topónimo, Senda de la Traición, ha llegado hasta nuestros días no solamente por transmisión oral sino que también lo encontramos en la documentación escrita que se conserva en los archivos de algunos ayuntamientos de Rioja alavesa. El documento más antiguo que hasta la fecha hemos encontrado haciendo referencia al tema que tratamos es del año 1737 y dice lo siguiente: “… don Diego González de Avalos obliga e hipoteca otra viña de quinze obradas en el término de la Media Legua surco al río caudal y a la Senda de la Traición” (1). La cita tiene su interés por concretar que la Senda de la Traición pasa por el término de la Media Legua, en la jurisdicción de Laguardia, algo que concuerda con la tradición oral. Otra cita, ésta del Ayuntamiento de Leza, hace también mención a la Senda de la Traición: “Y otro robo de tierra en Berdecillo de tres robos, surco a herederos de Dn. Lorenzo Trebiño y a la Senda de la Traición” (2). La siguiente cita, del año 1828, nos lleva de nuevo a la jurisdicción de Laguardia, al sureste en concreto, donde de nuevo encontramos registrada la presencia de la Senda de la Traición: “…. Se realice un proyecto de sacar un regadío con arreglo a los ensayos hechos al efecto por el geómetra Don Pedro de Aspiazu que dan principio desde la fuente de Villahuercos y concluyen en la Senda que llaman de la Traycion frente del término de Las Cañas” (3). Este documento tiene también su importancia porque nos sitúa la Senda de la Traición más hacia oriente, en el término de Las Cañas, testimonio que coincide con la tradición oral que ha llegado hasta nuestros días. Otro documento data del año l840 e insiste en algo que ya sabíamos, que la Senda de la Traición pasa por el término de La Media Legua: “…en el término de la Media Legua de esta jurisdicción (de Laguardia), surcante por el medio día a la Senda que llaman de la Traición y por el poniente al camino para la villa de Lapuebla de Labarca” (4). También la Cartografía se hace eco de la tradición oral y escrita, de modo que en el mapa del Instituto Geográfico Nacional de l953, nº 170, se recoge, trazada con puntos, pues no se llega ni a considerar carretera comarcal, la Senda de la Traición. El trazado por puntos arranca de Assa, pasa por Las Cañas, Sierra Carbón y cruza la Media Legua dejando el Cerro de la Horca al norte, siguiendo la documentación escrita que conocemos sobre la jurisdicción de Laguardia, así como la tradición oral que ha llegado hasta nuestros días. Ya en jurisdicción de la villa de Elciego, siguiendo un viejo y estrecho camino con paredes de pequeñas piedras, confirmó nuestras sospechas de que fuera la Senda de la Tración un señor que estaba podando una viña y que respondió amablemente a nuestra curiosidad, al decirnos: “En la escritura de esta viña se lee que la finca linda al sur con la Senda de la Traición”. Nuevamente la tradición oral y la documentación escrita se daban la mano, confirmando la denominación de una vieja senda, cuyo nombre, originado en lejanos tiempos, ha llegado hasta nuestros días.

Fundamento histórico

 Senda_2.jpg Es comúnmente aceptado que toda leyenda tiene un fundamento histórico, un algo real, distorsionado con el paso del tiempo y dislocado por la transmisión de boca a boca. Por estar escrita, ha llegado hasta nosotros la historia de la Senda de la Traición recogida por un hijo de Laguardia, que es (hasta el presente) de las pocas fuentes que 
tenemos para arrimarnos a lo que pudo ocurrir en la lejanía de los tiempos de modo que hasta nuestros días haya llegado un camino con el nombre de Senda de la Tración. También ha recogido esta tradición Idelfonso V. Tojal. Según nos cuentan estos dos autores, Beltrán Du-Guesclin habría    Senda_3.jpg acudido hasta la zona al frente de las Compañías Blancas, para ayudar al rey castellano Enrique de Trastámara en la guerra contra su hermano don Pedro el Cruel. Tras la derrota sufrida por Enrique de Trastámara cerca de Nájera, en Valpierre, el año 1367, Beltrán regresó con sus tropas a tierras de la Sonsierra por el puente Mantible de Assa, destruyéndolo tras su paso para impedir que le siguieran las tropas enemigas. Siguiendo la orilla izquierda del Ebro, remontó el río hasta San Vicente de la Sonsierra, villa que le había entregado en rehén Carlos II de Navarra, siguiendo un camino que evitaba pueblos y cruzaba entre robledales, encinares y campos de cultivo. Temiendo que don Pedro viniera en su búsqueda, logró adueñarse de la firma y sello del rey de Navarra y citó con un escrito engañoso a los alcaides de las villas y castillos de San Vicente y Laguardia, en un cruce del camino que unía San Vicente de la Sonsierra con la villa de Assa, con la engañosa promesa de ir a liberar al rey de Navarra, que estaba prisionero en Borja. Llegados al punto convenido, los jefes y soldados navarros de San Vicente y Laguardia, se vieron rodeados por los mercenarios de las Compañías Blancas de Beltrán Du-Guesclin. Los navarros de San Vicente y Laguardia, al grito de ¡Traición! ¡Traición! se dispersaron por los campos y caminos conocidos, refugiándose en Laguardia y otras aldeas, huyendo los soldados de Beltrán río abajo.

Desde entonces, se llama la Senda de la Traición a este camino que, al parecer, unía las villas navarras de San Vicente y Estella, sin cruzar población alguna. No hemos encontrado otros fundamentos de mayor peso en los que apoyar lo que venimos diciendo, pero tampoco tenemos razones para restarles credibilidad, apoyados en el fondo histórico que esconde toda leyenda. Al contrario de lo que algunos sostienen, también pensamos que el puente Mantible estuvo transitable al menos hasta esta época. Ayuda a reafirmarnos en esta idea un documento del año 1366, que recoge el mandato del rey navarro Carlos II para que su tesorero pague 100 florines de oro a Arnal, alcaide del castillo de Assa, por haber ayudado con quince soldados al paso a España y regreso de las Compañías Blancas. No es imaginar mucho, aunque el texto no lo dice, que el paso del río lo hicieron por el puente Mantible, custodiado como estaba por el castillo de Assa (5).  Senda_4.jpgQue el puente fuera destruido por las tropas de Beltrán Du-Gueclin o se derrumbara por sí sólo es toda una incógnita, lo cierto es que con toda seguridad estaba inservible para el siglo XVII, pues el año 1567 don Pedro

Vélez de Guevera, morador y arrendatario de la Serna de Assa, pide permiso al Ayuntamiento de Laguardia para aprovechar las piedras de “la puente derruida” y construir con ellas casas y bodegas en el nuevo poblado que se estaba levantando en Laserna, al quedar abandonado la aldea de Las Casetas, en el límite con Logroño.

En ruta por la Senda de la Traición

Comenzamos la andadura de la Senda de la Traición en la ribera del río Ebro, junto a los dos arcos que le quedan en pie al puente Mantible, de los siete que llegó a tener, rememorando el paso de peregrinos compostelanos, gestas guerreras y las hazañas bélicas de las Compañías Blancas. Dicen los expertos que han estudiado este puente que su longitud era de l64 metros y que medía cinco metros de anchura, toda una obra de ingeniería. Concuerdan muchos en datarlo en el siglo II después de Cristo, aunque también hay estudiosos que dudan que su traza pueda deberse a época romana, fechándolo en años posteriores. Lo cierto es que no se cuenta con documentación que feche su construcción y también es difícil determinar qué poblaciones pudo unir una obra tan colosal…¿Pamplona y Nájera? Lo cierto es que ahí está…, con sus dos arcos ciegos, desiguales, testigos mudos de todo un periodo histórico para esta zona. Senda_5.jpgPorque grande debió ser su importancia, cuando a su vera, en un montículo que hay asomado al poblado de Laserna, se colocó un pequeño castillo, el castillo de Assa del que se pueden ver aún restos de sus muros, así como las paredes recubiertas de argamasa de un aljibe.   Sabemos que este pequeño castillo contaba con capilla y bodega, por unos gastos que se hicieron el año 1280 y que se mantuvo un alcaide en él al mando de varios soldados, cuando menos hasta el año 1461.

 

ASSA

Hoy Assa es un puñado de casas que acompañan el ir y venir de coches y camiones, hasta el cruce de carreteras que sube hacia Lanciego y Cripán, en busca de la Sierra Cantabria; tanto ha cambiado este poblado romano-medieval que, a principios del siglo XXI, en pocos metros conviven una pequeña iglesia de culto católico y un edificio que alberga un club de alterne. El antiguo camino podría ir más al norte, por el puente de la Ontanilla, conocido también por el nombre de Puente Viejo. El antiguo molino, del que hablan viejas crónicas y mapas, se ha transformado en una pequeña central hidroeléctrica, que aprovecha las remansadas aguas del Ebro. Poco más adelante está la finca El Redondo, con un magnífico ejemplar de encina y, dejado a la izquierda el camino que conduce a la finca, un terrero aúpa una viña que hunde sus raíces en lo que fue el primitivo poblado de Assa, citado en el Cartulario de San Millán el año 956: “duas villas, id est de Lucronio et Asa”. Por los años treinta del siglo XX, aparecieron en este término gran cantidad de sepulturas antropomórficas y hoy es el día que, si se tiene interés, se pueden hallar trozos de cerámica entre cepa y cepa: “…. El qual dijo que la dicha serna de Assa etaba toda amojonada…. Porque por la parte de abajo lindaba con el río Ebro… y por la otra parte con el camino, por donde pasan los de Logroño a el Ciego, camino arriba, junto a Ntra. Sra. de Assa, y están unas heras las cuales son de la Yglesia” (6 ).

Que el lugar tuvo su importancia, ya en la antigüedad, nos lo confirma el hallazgo de dos estelas funerarias con los nombres de Sempronio, Emiliano y Pompeio en el entorno de Assa, vestigios de un asentamiento romano. Al poco de dejar la carretera que se dirige a Lapuebla de Labarca, se abandona el asfalto, tomando un camino de tierra, ancho, dirección oeste. Entre viñas, metidos en un pequeño valle, no tarda en aparecer ante nosotros la entrada a la finca de Los Monjes, hoy propiedad de unas conocidas bodegas y antaño, con toda probabilidad, asiento de un pequeño convento de frailes. Es también Miguel Ballesteros quien recogió en su día la historia-leyenda de un judío de Viana que acudió en busca de asilo al convento que se levantaba en estos pagos y al que debe el nombre de Los Monjes.

El nulo apego a la tradición y el poco respeto a la historia, impulsó a los dueños de los viñedos a tirar la casa de piedra sillar que había en el paraje, levantando en su lugar un tosco almacén en bloques de cemento, rodeado de un desordenado cantarral. Lo lamentable es que, lo que relatan que ocurrió en los años setenta del pasado siglo, sigue sucediendo ya estrenado el siglo XXI.


Por estos pagos la tierra es fértil, criándose junto al viñedo toda clase de frutales; aquí y allá las laderas están ocupadas por olivares y almendros, siendo menos vista la higuera.Senda_6.jpg  Más de tarde en tarde se ven en los montículos y cantarrales oscuras encinas y solitarios robles, los árboles que ocupaban estas tierras antes de ser dedicadas a la agricultura.                                 Hoy, prácticamente toda la finca de Los Monjes es viñedo, viñedo y viñedo, ocupando las cepas valles y laderas. Si las cadenas que cierran la entrada  nos  lo permiten, atravesaremos de sur a norte Los Monjes, pasando junto al pozo que surtía de agua a la casa, deteniéndonos en la mesa de piedra que aprovecha la sombra de un grandioso moral. La tristeza nos embarga viendo montones de piedras, restos de la antigua casa- convento. Recuerdo que, siendo niño, comí más de una vez bajo este moral, cuando traía la comida a mis padres y hermanos, que estaban segando en una finca cercana, entonces rodeada de olivos y en la que se cultivaba cebada y trigo. Los recuerdos de la vieja casa son muy borrosos, aunque conservo en la memoria la imagen de un reloj de sol, situado en lo alto de la casa, en una piedra esquinera. Estaba habitada por una o dos familias, conocidas por mis padres y recuerdo haber bajado hasta el pozo a sacar agua con un cubo, para dar de beber al caballo y a la mula. Hoy, un impersonal y feo almacén de bloques de hormigón, ocupa el lugar donde se levantaba la casa-convento.

Proseguimos la marcha, ascendiendo al poco una fuerte pendiente, entre matas de carrascos y romeros, pasando junto a una choza, asentada sobre una roca que tiene un curioso pocillo. Pensamos que, aunque áspera hoy día, en tiempos no lejanos la senda ascendía suavemente por la ladera, hasta llegar a un cruce de caminos, en Zarzamochuelo ya en Sierra Carbón, nombre que ha llegado hasta nosotros y que denuncia que en tiempos pasados hubo bosques de encinas y robles con cuya madera se hacía carbón. Abundando en este asunto, si nos desviamos un poco al norte, llegaríamos al complejo lagunar de Cuatro Encinas, donde sí que se conservan cuatro esqueléticas encinas, y donde una acuosa zanja entre viñas recuerda que una laguna ocupó este lugar. Poco más al oeste, también desecada, la laguna de El Torrejón y al, noroeste, las lagunas de Carravalseca y Carralogroño que tienen agua; entre estas dos lagunas, Musco -desecada hace años- está esperando una desesperante recuperación.

Nuestro camino, sin embargo, tuerce hacia el sur, siguiendo al poco la puesta del sol, la dirección que, desde el principio al fin, sigue esta Senda de la Traición. Al oeste se abre un amplio panorama, extendiéndose a nuestros pies una vaguada, cubierta de pequeños viñedos, entre desnudos montículos, sólo cubiertos de romeros y aulagas. Descendemos por un camino a medio asfaltar, que serpentea la falda de la montaña que tenemos al norte, llegando a un pequeño arroyo en Valleandrés. Poco más arriba está el término de Las Torres, probablemente una pequeña atalaya para defender este valle que, desde el río Ebro asciende, abriéndose en abanico, hacia la villa de Laguardia, remontando el arroyo Ondillo. En unos minutos llegamos a la carretera que, desde Lapuebla sube hacia Laguardia, en el término conocido como la Media Legua y que, sospechamos, pudo ser uno de los puntos donde tuvo lugar la famosa traición que dio nombre a esta senda. Frente a nosotros, con las laderas cubiertas de rocas y rechonchos romeros, se levanta El Cerro de la Horca, cuyo nombre desconocemos si le viene por la forma que tiene o porque realmente se levantó una horca en su cima. El camino, amplio, de tierra, llega a un cruce de caminos, el de Pisarnoso (Piesarnoso en documentos antiguos) que viene de Laguardia a Lapuebla de Labarca y otro camino que, por el Hoyo del Pintor, lleva hasta la villa de Elciego, pasando junto a la ermita de San Roque. No sería nada extraño que fuera en este cruce (segunda hipótesis), al pie de El Cerro de la Horca, el lugar de la cita fijado por Beltrán de Du-Guesclin, para traicionar a los alcaides de San Vicente de la Sonsierra y Laguardia. El cruce de caminos, el nombre del cerro, viejas piedras con extraños agujeros…, todo son indicios de que se pudo dar aquí la traición.

Dejamos el camino que, dirección norte, se dirige a Laguardia y tomamos hacia el noroeste, por terreno llano, llevando viñas a diestro y siniestro; hacia el norte, en un altozano, aparece la villa amurallada de Laguardia, mientras pasamos junto a unas solitarias encinas con tocones de tres troncos.

Cuando llegamos a un bancal, cubierto de carrascas y alguna que otra solitaria encina, dejamos un camino que arranca hacia el sur, siguiendo llaneando hacia el oeste, en un leve descenso que nos lleva al paso de la Cosera, en el río Seco, que aguas arriba recibe el nombre de río San Pedro (donde hubo una aldea del mismo nombre) y río San Martín cuando pasa a los pies de los viejos muros del poblado protohistórico de La Hoya. En este momento, el movimiento de tierras y la plantación de nuevos viñedos, hace que se abran ante nosotros tres posibilidades de continuar la ruta : una, siguiendo el camino más amplio, hacia el suroeste; otra, cruzando entre viñedos y pasando junto a una choza de airoso porte que está al pie de un poste eléctrico y el que tomamos, un pequeño sendero que sale hacia la derecha, al poco de cruzar el arroyo, en el término conocido como el Estrado y que sospechamos que era por donde iba la antigua senda, pues de nuevo aparecen a la izquierda restos de muros de piedra, haciendo terrazas, como los que, de poco en poco, vamos encontrando en este recorrido. Con el terrero a la izquierda, el viñedo a nuestra derecha, seguimos hasta la cabezada del viñedo, torciendo al oeste y pasando bajo un poste de la luz que dejamos a nuestra derecha. A los cincuenta metros pasamos junto a una choza de ladrillo, mal embadurnada de cemento, donde el camino tuerce hacia el sur y al poco hacia el oeste, ahora ya en el viejo camino que siguieron los antepasados, acompañados de nuevo por retazos de muros de piedra seca que nos acompañan hasta la carretera que une Elciego y Laguardia, la A-3.220. Cien metros al sur, está el punto kilométrico que indica que estamos a 8 kilómetros de Cenicero y a 68 de Vitoria-Gasteiz. Cruzando la carretera, la senda prosigue maltrecha entre viñedos, hasta alcanzar la base de un pequeño montículo, no lejos de lo que quiso ser una moderna choza, ya en tierras de la villa de Elciego. La senda está aquí más marcada, con muros de piedra a ambos lados y que, al poco, ya más vistosos, nos acompañan durante cincuenta metros por el lado izquierdo, airosos ahora, con más de un metro de altura; las reformas hechas en el viñedo, se han comido la pared del lado norte, aún en pie a finales del siglo XX y lamentablemente destrozados cuando el siglo XXI no lleva cumplidos ni media docena de años. En estos pocos metros, con la villa de Navaridas al frente, las trazas del camino nos hacen pensar que estamos pisando de nuevo el trazado por donde iba La Senda de la Traición.
 Senda_7.jpg En descenso, cruzamos el arroyo Rojanda, cuando llevamos veinte minutos desde la carretera. En cinco minutos llegamos a un cruce y, dejando el camino que va hacia el norte, pasamos junto a una choza con cubierta en cucurucho, la Choza del cura, semejante a otras que se levantan por tierras de Navaridas. En términos de Ribaguda, siguiendo el camino, cruzamos un diminuto arroyo que, en verano, baja sin agua y nos desviamos a la izquierda, buscando el valle. Llegados a un camino amplio, remontamos el arroyo, viendo en la lejanía la ermita de Santiago, y a la izquierda, hacia la puesta del sol, el montículo de Castejón, que aúpa en sus laderas un poblado de la Edad de Hierro y cuya visión aérea es claramente reveladora, al verse con meridiana claridad las rampas defensivas que tuvo este poblado.

Remontando el arroyo por la orilla izquierda, no tardamos en llegar a la fuente Vieja de Navaridas, fuente restaurada en el verano del año 2005 por un grupo de presos de la cárcel de Nanclares de Oca. Las escaleras para descender junto al caño de agua son de piedra, así como todo el conjunto de la fuente que tiene una plataforma, también de losas de piedra, a modo de camino, apoyada sobre un arco de piedra de sillería. Da la impresión de que el camino que unía la ermita de Santiago con Navaridas de Suso, pasaba sobre la fuente, por este paso empedrado y que el puente sobre el arroyo ha desapareció hace mucho, arrastrado por el tiempo y alguna mala crecida de las aguas. Poco más arriba, un puente nos permite cruzar el arroyo y llegar a los pies de la ermita del señor Santiago en un santiamén. El templo trasmite una imagen de solidez, de bien asentado y nos cuentan que, en sus tiempos de gloria, albergó en sus muros las juntas que celebraban los hijosdalgo de la comarca constituidos en Divisa. Dicen los entendidos en arte que su arquitectura es de    Senda_8.jpg  principios del siglo XVI, aunque trozos de sepulcros antropomórficos, que todavía se ven medio cubiertos de tierras en su entorno, están diciendo que con anterioridad pudo haber otro templo, éste de traza románica. Sí conocemos, por documentos que se conservan en archivos y por haber visto varios sepulcros abiertos en la roca arenisca, hoy cubiertos de piedras y escombros, que más al norte, hubo una pequeña iglesia dedicada a Santa Eulalia.

Avanzamos con miras a la Sierra Cantabria por la carretera A-3212 y, cuando llevamos andados poco más de cien metros, tomamos dirección oeste, entre viñedos aterrazados, por un camino asfaltado. Pasada una vaguada, seguimos por nuestra izquierda, ascendiendo en curva hacia unas paredes derruidas que conservan aún magníficos esquinales en piedra sillar. En la parte este, un agujero cuadrangular recubierto de ladrillos requemados nos hace pensar que estamos en lo que fuera la tejera de Navaridas, situada en un lugar estratégico, no lejos del pueblo, al pie de un camino y a la entrada de un pequeño bosque poblado de encinas, encinas que facilitarían la leña para los hornos. Continuando hacia el oeste, a ambos lados del camino, encinas de mediano tamaño, son reliquias vivas del bosque que debió cubrir la mayor parte de las tierras de Rioja alavesa en tiempos lejanos. Del poco aprecio que se ha tenido al medio natural, digno de cuidado y conservación, es muestra el claro que hay en el bosque, donde por los años ochenta del siglo pasado, se arrancaron encinas y encinas para hacer un campo de fútbol que apenas ha tenido uso. Cuando las encinas que nos acompañan por la parte norte se acaban y comienza el viñedo, podemos tomar un camino y, a pocos metros, llegar hasta Peña Moros, un inmenso peñascal cubierto de encinas que guarda una curiosa y amplia cueva. En el lomo arenisco de la cueva hay un pequeño pozo excavado que probablemente hacía las funciones de aljibe, no atreviéndonos a decir que pudo hacer las funciones de un lagar. El lugar tiene su encanto, pues, sentados sobre la roca, rodeados de encinas, nadie diría que estamos en plena Rioja alavesa, rodeados de ubérrimos viñedos, con la Sierra Cantabria al norte y el río Ebro al sur.

  Senda_9.jpgEl terreno, cosa no frecuente en Rioja alavesa, es ahora llano, extendiéndose los viñedos a una y otra parte del camino que, trazando una curva y ascendiendo un leve montículo, coge altura en Ribaquemada, desde donde ya se divisan las primeras casas de Villabuena. La vista es espléndida y magnífica: las villas de Leza y Samaniego al norte, a los pies de la Sierra Cantabria, San Vicente y San Asensio al oeste y al sur Cenicero, distinguiéndose perfectamente, más a lo lejos, Clavijo, Monte Laturce y los Cameros; más al suroeste, la mole nevada del San Lorenzo, va descendiendo formando pequeños montículos hasta desparramarse por las vegas de Nájera y las amplias llanuras de Santo Domingo de la Calzada. Ahora, el camino comienza a descender, acompañado por puñados de encinas en la parte norte, donde se ve un pequeño valle que han ido formando las aguas del arroyo Ozanco. Cuando llevamos andando tres mil setecientos metros desde la ermita del Señor Santiago en Navaridas, llegamos a la carretera A-3214, que sube de Baños de Ebro y Elciego hacia Samaniego.

Pisando asfalto, cruzamos Villabuena sin adentrarnos en el pueblo, recordando sus buenas       Senda_10.jpgcasonas de piedra de sillería y que anteriormente se llamó Villaescuerna, nombre que ocasionó una petición de los vecinos al rey Carlos III para que el nombre del pueblo se cambiara por Villabuena. En lo alto del camino las ermitas de Santa María, de traza románica, y la más reciente de San Torcuato, a cuya vera estaba excavadado el pozo de hielo o nevera del pueblo. Poco después de pasar el kilómetro 57 a Vitoria/Gasteiz, y antes de llegar a una curva que traza la carretera, se toma un ramal que sale hacia el Oeste. A los cuatrocientos metros de la carretera cruzamos el camino parcelario, hoy asfaltado, que va de Samaniego a Baños de Ebro, dejando al poco una casilla de ladrillo, mientras se cruza el término de Las Llanas, por camino llano, entre viñedos, acompañados ahora por gigantes torretas que sostienen una línea eléctrica de alta tensión. Cuando se llevan caminados seiscientos metros desde la carretera, se toma un ramal que sale a la izquierda, dirección oeste, encontrando a los cuatrocientos metros una bifurcación y, de nuevo, se toma dirección oeste. Consumido el kilómetro y medio por camino de tierra desde Villabuena, se desvía una vez más a la izquierda, divisando a lo lejos el castillo de Davalillos -hoy en la jurisdicción de San Asensio- y al norte la villa de Ábalos, núcleo importante de comunicaciones entre el norte de la Sierra Cantabria y las tierras de la margen derecha del río Ebro. Son dos mil cuatrocientos metros de camino de tierra andados desde Villabuena, cuando se desemboca en la carretera asfaltada que de Torrementalbo asciende en suave pendiente hasta Abalos. Remontando la carretera cosa de doscientos metros, se toma un camino que sale a la izquierda, una vez más dirección oeste, y que, antes de cumplir un kilómetro desde la carretera, nos conduce hasta una fuente con su abrevadero, a los pies de un solitario y desgarbado olivo, en el término de Gallocanta. Suponemos que la senda que llevamos continuaba en dirección oeste, pero las roturaciones para nuevos y más grandes viñedos, nos obligan a desviarnos hacia el sur, durante unos metros, tomando el primer camino –más estrecho éste- que sale hacia el oeste. El camino remonta una ladera lleca, topándose en lo alto con un viejo camino, más amplio, que, saltando la sierra por el puerto de Urdate, venía desde Pipaón a cruzar el río Ebro por el vado de Aquilones, paso importante si apreciamos que a su vera se levantó el castillo de Davalillos, hoy en ruinas. Remontamos el camino unos metros, llevando al frente la Sierra Cantabria, tomando al poco un camino más estrecho que sale hacia el oeste. Llaneando una ladera resguardada de los vientos del norte por un desnudo terrero, en treinta minutos nos presentamos en la carretera LR-318, que une las poblaciones de Baños de Ebro, alavesa, con la de San Vicente de la Sonsierra, riojana.

De nuevo sobre el asfalto, atravesamos el arroyo Canoca y tras una curva, tomamos un camino de tierra que arranca junto a un nogal y una señal que indica Coto Deportivo de
 Senda_11.jpgCaza, cartel que nos lleva a pensar que la caza sigue siendo para muchos un deporte. Las tierras, antes blanquecinas y calcáreas, son ahora de color rojizo y están plantadas de nuevos viñedos. Al sur, saltando el Ebro, está la villa de Briones con su airosa torre elevándose sobre el caserío y enfrente aparecen, desparramadas por la ladera, las primeras casas de San Vicente y, en lo más alto, la iglesia y los muros del castillo derruido. En quince minutos llegamos al puente sobre el arroyo de la Rueda de Toloño, foso natural de la villa en otros tiempos, y donde hubo un molino y remontamos la cuesta para entrar en San Vicente bajo el arco, casi derruido… y ascendemos hacia lo alto del montículo donde se alza el castillo y la iglesia, toda una catedral. Asomados a los restos de murallas que quedan del viejo castillo, contemplamos la panorámica que se ofrece a nuestros pies. Estamos en San Vicente de la Sonsierra, único pueblo que conserva el apellido de estas tierras - otrora navarras- cobijadas a los pies de la cordillera montañosa formada por las sierras de Toloño y Cantabria, bellísimo broche a este paseo por La Senda de la Traición.

Este texto, sin modificar, lo escribí el año 2006 y ve ahora la luz por primera vez, el 23 de Abril de 2022, como regalo en el DÍA DEL LIBRO, a la espera de que la pandemia del Covid-19 vaya llegando a su fin.

Salvador Velilla Córdoba

Notas

1-A.H.P.A., Sección de Protocolos, Prot. 7.034, año 1737, Sign. 54 , Esno. Mateo Berrueco Samaniego.

2- A.H.P.A., Sección de Protocolos, Prot. 7.054, año l761.

3- A.M.L, Libro de Acuerdos, nº 22 (1812-1834), pág. 313-314.

4- A.H.P.A., Sección de Protocolos, Prot. 7.718, Esno Joaquín José de Azaceta , año 1840/41 5-Ruiz San Pedro, Mª Teresa : Fuentes Documentales Medievales del País Vasco, nº 107, Archivo General de Navarra-IV, Documentación real de Carlos II (1349-1387 )

6- Aguayo, Teófilo: El regadío tradicional en Rioja alavesa: su contexto socioeconómico, pág. 184, Edt. Diputación Foral de Alava, Vitoria-Gasteiz.

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